ESTO QUE NO SE ACOMODA
El arte de hoy aparece sin pedir permiso.
No siempre sabe qué decir.
Muchas obras no quieren explicarse.
No porque no tengan nada para decir,
sino porque lo que dicen no cabe en una oración clara.
Porque están hechas de eso que se siente antes de tener lenguaje.
Porque a veces el sentido aparece después;
o nunca.
El arte cree en lo que no se puede nombrar del todo:
una tela sucia, un susurro apenas audible, un cuerpo que tiembla sin saber por qué.
Pero mientras tanto, el sistema pide palabras.
Statement. Justificación. Proyecto. Formulario.
Decime que quisiste hacer.
¿Por qué lo hiciste?
¿A quién se lo dedicas?
¿En qué categoría entra?
El arte que balbucea,
el arte que duda,
el arte que trabaja desde una intuición sin forma,
se ve forzado a volverse discurso.
A hablar bien.
A sonar inteligente.
A parecer una respuesta.
Se espera que todo encaje.
Que lo inclasificable se acomode.
Que lo incierto se vuelva tema.
Que la emoción tenga título.
Que lo que nació en un temblor se escriba como si hubiera sido pensado desde el inicio.
Ese lenguaje claro, técnico, presentable,
también puede ser una forma de control.
Suave.
Amable.
Pero control, al fin.
Esto no es una queja.
Me gustaría llamarlo un mapa.
Un reconocimiento del campo que pisamos:
hacer arte hoy es habitar esa tensión.
Entre lo que no se puede decir
y lo que te exigen decir.
Entre el temblor
y la explicación.
Entre una imagen que late
y un texto que intenta atraparla sin asfixiarla
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